Don Raúl con aroma de café

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Para don Raúl, el café nunca ha sido solamente un cultivo. Ha sido sustento, conversación, oportunidad, independencia y futuro. Desde su nacimiento en 1935 hasta hoy, a sus 91 años, el café parece circular por su sangre y manifestarse en cada uno de sus recuerdos.

El café le permitió alimentar a su familia, educar a sus hijos, negociar, relacionarse con otras personas y construir un patrimonio. Pero, por encima de todo, le enseñó el poder que puede representar un pedazo de tierra cuando se trabaja con dedicación y se siembra con esperanza.

Su historia es la de un hombre formado por el campo, marcado por el trabajo desde la infancia y acompañado durante gran parte de su vida por el inconfundible aroma del café.

Una infancia en las montañas de Caldas

Don Raúl nació en una finca de La Esmeralda, ubicada aproximadamente a una hora de camino, montaña arriba, cerca del lugar donde nacía la quebrada.

Fue el segundo de los diez hijos de Guillermo Gallego y Elvia Orozco. Su padre conoció a su madre mientras realizaba labores de alfabetización en las montañas de la vereda Dosquebradas, situada a unos quince minutos del municipio de Manzanares.

Doña Elvia tenía alrededor de 13 años cuando contrajo matrimonio con don Guillermo, quien tenía aproximadamente 25. Esta unión ocurrió dentro de las costumbres y realidades sociales de otra época, cuando muchas decisiones familiares se tomaban bajo condiciones muy distintas a las actuales.

Don Guillermo era un hombre más cercano a los libros que a las labores agrícolas. Doña Elvia, por su parte, poseía una extraordinaria fortaleza física y mental. Atendía los oficios de la casa, ayudaba en el campo y, además, fue una partera ampliamente reconocida en numerosas veredas de la región.

Doña Elvia murió cuando le faltaba apenas un mes para cumplir 100 años. Hasta sus últimos días conservó la memoria de los más de 250 niños que, según recordaba, habían nacido en sus manos.

La escuela y un amigo para toda la vida

Su padre envió a don Raúl a Manzanares para que realizara sus estudios de primaria. De aquellos años conserva hasta hoy la amistad con Miguelito, su compañero de pupitre y amigo de toda la vida.

Sin embargo, las experiencias de acoso escolar hicieron que don Raúl no quisiera continuar sus estudios. Así, cuando apenas tenía ocho años, comenzó a involucrarse plenamente en las labores de la finca, especialmente en las relacionadas con la producción de panela.

A esa edad cargaba caña sobre sus hombros, una labor demasiado pesada para un niño. El esfuerzo le dejó cicatrices visibles que todavía muestra cuando alguien le pregunta por ellas. Son marcas físicas de una infancia de trabajo intenso, pero también huellas emocionales que han permanecido en su memoria.

Un trabajador desde la niñez

Desde muy pequeño, don Raúl fue reconocido por familiares y amigos como un trabajador incansable. Tenía una energía excepcional y una capacidad para realizar, según quienes lo conocieron, el trabajo equivalente al de tres o cuatro personas durante una jornada.

Ayudaba a sus padres y hermanos en todas las actividades necesarias para sostener la finca, cuya producción se concentraba principalmente en la caña de azúcar.

Aquellos años formaron su disciplina, su resistencia y su profundo sentido de responsabilidad. También le enseñaron que el trabajo del campo exige atención permanente y que cada cosecha depende de la constancia con la que se cuida la tierra.

La decisión de prestar el servicio militar

A los 19 años, don Raúl decidió presentarse voluntariamente para cumplir el servicio militar. Lo hizo en contra de los deseos de su padre, quien quería conseguirle la libreta militar para evitar que tuviera que incorporarse al Ejército.

Durante su servicio alcanzó el grado de cabo. Su disciplina, capacidad de trabajo y liderazgo fueron reconocidos, y le propusieron continuar una promisoria carrera dentro de la institución.

Sin embargo, a los 21 años tomó la decisión de regresar a la finca. Volvió a las montañas y al trabajo familiar porque consideraba que sus padres necesitaban su ayuda.

Una vez más, el sentido del deber orientó su camino.

El encuentro definitivo con el café

Después de casarse con doña Eunice, las circunstancias de la vida llevaron a don Raúl a iniciar una nueva etapa dedicada a la producción cafetera.

Según recuerda, fueron tiempos extremadamente difíciles. En una ocasión se lesionó un pie, pero la necesidad de conseguir el alimento para su familia no le permitió detenerse. Sin poder apoyarlo, salió dando saltos sobre un solo pie para buscar lo necesario para llevar comida a su hogar.

Este recuerdo refleja las condiciones de una época en la que no existían redes de protección suficientes y descansar podía significar que ese día no hubiera sustento para la familia.

Poco después comenzó a administrar fincas cafeteras. Su extraordinaria capacidad de trabajo, su energía, su atención minuciosa a los detalles y una empatía poco común para un hombre de su generación le permitieron ganarse la confianza de otras personas y avanzar en su propósito.

Con el paso de los años, consiguió adquirir tres fincas cafeteras.

El poder de una tierra sembrada de café

Para don Raúl, el café representa poder, pero no entendido como autoridad sobre otras personas. Es el poder de trabajar con independencia, sostener una familia y transformar el esfuerzo en oportunidades.

El café fue una fuente de ingresos para educar a sus hijos. También le dio herramientas para negociar, establecer conversaciones y relacionarse con quienes compartían su amor por el campo.

En torno a una taza de café podía iniciarse una amistad, cerrarse un acuerdo o compartirse una historia. La finca sembrada representaba seguridad, posibilidad y futuro.

El verdadero poder estaba en tener un pedazo de tierra sembrado de café.

Cada cafeto era una inversión de trabajo y paciencia. Había que sembrarlo, cuidarlo y esperar. La tierra no entregaba resultados inmediatos, pero respondía a quienes aprendían a conocerla y respetarla.

Jornadas que comenzaban antes del amanecer

Durante décadas, los días de don Raúl comenzaron a las cinco de la mañana y terminaban cuando las obligaciones finalmente lo permitían.

La finca no entendía de horarios fijos. Cada jornada dependía del clima, la cosecha, los trabajadores, los animales y las innumerables tareas que debían resolverse antes de descansar. El esfuerzo no fue únicamente suyo. Doña Eunice y sus siete hijos hicieron parte de una estructura familiar en la que padres e hijos trabajaban unidos, cada uno desde sus capacidades y responsabilidades.

Alrededor de los 60 años, después de décadas de intenso trabajo, don Raúl dejó las labores permanentes de la finca y comenzó una etapa más tranquila. Con su característico sentido del humor, suele decir que se dedicó a disfrutar la vida acompañado por sus “siete pensiones”: sus siete hijos.

Detrás de la expresión jocosa existe una verdad profundamente afectiva. La familia que él y doña Eunice formaron se convirtió en su mayor respaldo y en la cosecha más valiosa de toda su vida. Un hombre hecho de cuentos y recuerdos Don Raúl es un hombre de relatos. En sus conversaciones, el pasado regresa al presente con nombres, lugares, caminos y escenas descritas con gran detalle.

Sus historias suelen recordar los momentos más difíciles, quizás porque fueron precisamente esas experiencias las que moldearon su carácter. Cada relato conserva una enseñanza sobre el trabajo, la responsabilidad, la familia o el valor de no rendirse.

Detallista como pocos, observa el mundo con la misma atención que dedicó durante años a las fincas que administraba. Para él, las pequeñas cosas nunca han sido insignificantes: un cafeto bien cuidado, una tarea realizada correctamente o una palabra cumplida pueden definir el resultado de toda una empresa.

Entre la caña y el café

Don Raúl recuerda la caña de azúcar con sentimientos encontrados. La asocia con la finca de su infancia, con el trabajo familiar y con los aprendizajes que lo formaron. Pero también con el peso sobre sus hombros, el esfuerzo prematuro y las cicatrices que todavía conserva.

La caña le despierta tristeza y agradecimiento.

El café, en cambio, ilumina sus ojos azules.

Al hablar de él, don Raúl no describe únicamente un producto agrícola. Habla de aquello que le permitió transformar su historia y abrirles nuevos caminos a sus hijos.

“El café me lo dio todo y le debo todo. Me permitió alimentar a mi familia, educar a mis hijos y todavía me acompaña cada día, desde el primer sorbo de la mañana”.

El legado de don Raúl

La historia de don Raúl representa la vida de muchos campesinos de la región cafetera colombiana: hombres y mujeres que comenzaron a trabajar desde muy jóvenes, enfrentaron grandes dificultades y encontraron en la tierra una manera de construir oportunidades para las siguientes generaciones.

Su legado no se limita a las fincas que logró adquirir. Está presente en la educación de sus hijos, en la familia que formó junto a doña Eunice, en los valores que transmitió y en las historias que continúa compartiendo.

También vive en FDR – Finca Don Raúl, un proyecto que preserva la memoria del campo y reconoce la dignidad de quienes han dedicado su vida a cultivar la tierra.

Hoy, a sus 91 años, don Raúl continúa acompañado por el café. Lo reconoce en su aroma, lo saborea en el primer sorbo de la mañana y lo encuentra en los recuerdos que han dado sentido a su vida.

Porque algunas personas toman café, otras lo cultivan y unas pocas, como don Raúl, parecen llevarlo para siempre en el alma.

Para reflexionar

¿Qué cultivo, oficio o tradición ha marcado la historia de tu familia?

Conservar estos relatos es una manera de agradecer a quienes trabajaron la tierra antes que nosotros y de reconocer que, detrás de cada taza de café, existen vidas enteras de esfuerzo, esperanza y dedicación.