Historias que nos unen | Memoria familiar | FDR – Finca Don Raúl
Hay personas cuya vida parece estar tejida con los hilos de la tradición. Sus recuerdos conservan los sonidos de la finca, los horarios de cada comida, las oraciones compartidas y las responsabilidades que comenzaban antes de salir el sol.
Doña Eunice nació en 1943, en una familia en la que cada día se desayunaba, se almorzaba y se comía tradición. Creció en un hogar numeroso, profundamente religioso y disciplinado, donde las costumbres no solo organizaban la jornada: también definían la manera de trabajar, convivir y comprender la vida.
Su historia permite reconocer el valor de las tradiciones familiares, pero también invita a observarlas con sensibilidad. Algunas brindaron fortaleza, identidad y sentido de pertenencia; otras estuvieron marcadas por las limitaciones sociales propias de su tiempo, especialmente para las mujeres.
Una familia de profundas raíces campesinas
Los padres de doña Eunice tuvieron 18 hijos, de los cuales 16 llegaron a la edad adulta. Su padre, Jesús Antonio Castrillón, perdió una mano cuando tenía apenas siete años, mientras alimentaba un trapiche de caña. Esta circunstancia no le impidió convertirse en un trabajador decidido y en una figura de gran autoridad dentro de su familia.
Su yerno, don Raúl, solía describir la fuerza de su carácter con una expresión inolvidable:
“Cuando hablaba, temblaba la tierra”. Su madre, Carlina Quiceno, fue una mujer dedicada, organizada, bondadosa y profundamente religiosa. Su vida transcurrió entre los embarazos, la crianza de sus hijos, los oficios domésticos y las múltiples responsabilidades de la finca.
Carlina falleció a los 54 años. En ese momento, Rubielito, el menor de sus hijos tenía tan solo 12 años.
La campana que gobernaba los días
En la finca, la jornada comenzaba puntualmente a las cinco de la mañana con el sonido de una campana. Jesús Antonio era quien la hacía sonar y quien dirigía, con firmeza, la organización familiar.
La campana no descansaba los fines de semana ni los días festivos. Cinco minutos después de escucharla, toda la familia se reunía en la habitación de los padres para rezar el rosario. En la noche, a las siete, la oración volvía a congregarlos antes de la última merienda del día.
En aquel hogar, el amanecer parecía llegar antes que para las propias gallinas. Los horarios de alimentación marcaban el ritmo de la jornada:
- A las 7:00 de la mañana se servía el desayuno.
- A las 11:00 se almorzaba.
- A las 2:00 de la tarde se tomaba chocolate acompañado de pan o arepa.
- A las 5:00 se servía la comida.
- A las 8:00 de la noche se compartía leche de la finca con panela y pan.
Cada actividad tenía su momento y cada persona conocía sus responsabilidades. La disciplina, el cumplimiento y el sentido del deber no se enseñaban únicamente con palabras: se practicaban todos los días.
El primer lugar femenino entre los hermanos
Doña Eunice ocupó el quinto lugar entre los hijos y fue la primera mujer que sobrevivió a la infancia, después del fallecimiento de Edelmira, su hermana mayor.
Desde pequeña se incorporó a una estructura familiar en la que las tareas estaban claramente distribuidas. Carlina se encargaba de los oficios domésticos, la crianza, la formación moral de sus hijos y la alimentación de los trabajadores. Era un trabajo permanente y esencial para el funcionamiento de la finca, aunque no tuviera un salario definido ni el reconocimiento económico que merecía.
Los hijos mayores se sumaban tempranamente a esta organización. Por costumbre, las mujeres ayudaban a su madre en las labores de la casa, mientras los hombres acompañaban a su padre en los trabajos del campo.
Era una forma de vida propia de su época, basada en una estructura predominantemente masculina y en responsabilidades asignadas según el género. Mirarla hoy nos permite honrar el trabajo de aquellas mujeres y, al mismo tiempo, reconocer cuánto han cambiado las oportunidades y los derechos de las nuevas generaciones.
Una escuela dentro de la finca
La escuela de doña Eunice y sus hermanos funcionaba en una de las habitaciones de la casa. El hermano mayor había asistido a la escuela y, después de terminar la primaria, asumió la responsabilidad de enseñarles a los menores y transmitirles lo aprendido.
La educación debía acomodarse alrededor del trabajo, pues las labores de la finca tenían prioridad. Para estudiar era necesario aprovechar cuidadosamente las horas de descanso y mantener una organización rigurosa.
El padre consideraba que sus hijas no debían salir solas de la casa ni recorrer el camino hasta la escuela de la vereda. Esta decisión buscaba protegerlas según las creencias de la época, pero también limitó sus posibilidades de acceder a una educación formal fuera del hogar.
Aun así, la enseñanza encontró su propio espacio dentro de la finca. Entre jornadas de trabajo y responsabilidades familiares, los hermanos compartieron el conocimiento que tenían a su alcance.
Un matrimonio decidido desde la tradición
Doña Eunice se casó a los 16 años con un hombre cuya elección estuvo orientada más por la aprobación de su padre que por un noviazgo vivido con libertad.
Jesús Antonio consideraba que don Raúl reunía las condiciones necesarias para ser un buen esposo:
“Raúl es un gran trabajador del campo y pertenece al Partido Conservador Colombiano; por eso doy mi bendición para que se casen”.
Las pocas visitas de noviazgo transcurrieron en la sala de la finca y bajo la vigilancia del padre. No existieron acercamientos físicos, ni siquiera un roce de manos. Las creencias populares de aquellos tiempos rodeaban el afecto entre los jóvenes de temores, restricciones y silencios.
Doña Eunice recuerda que, el día de su matrimonio, su padre la llevó frente al cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y le indicó que debía ser una mujer dedicada a su hogar y acompañar a su esposo en las buenas y en las malas.
Ella lo expresa con la claridad de quien contempla su historia desde la distancia:
“Ese día solo sabía que me casaba con un vestido negro y que me iba de la casa para iniciar un hogar parecido al único ambiente que había conocido. No sabía realmente qué sucedería ese día, ni en los días siguientes, ni en el futuro”.
No había recibido orientación sobre la vida matrimonial ni sobre las responsabilidades que estaba a punto de asumir. Siendo todavía muy joven, comenzó a construir una familia a partir del único modelo de hogar que conocía.
El trabajo invisible de las mujeres
En la generación de doña Eunice, la maternidad estaba profundamente influenciada por las enseñanzas religiosas y por las expectativas sociales. La planificación familiar no era aceptada dentro de sus creencias, por lo que tener hijos se entendía como una decisión confiada a la voluntad de Dios y a las posibilidades del cuerpo.
Bajo el legado de la expresión “que sea lo que Dios quiera”, nació la familia de don Raúl y doña Eunice. Sin embargo, detrás de esa aceptación también existían preocupaciones que muchas mujeres solo podían expresar en silencio. Después de tener siete hijos, doña Eunice rezaba al borde de su cama para que Dios
comprendiera que la familia ya era numerosa y que continuar creciendo haría más difícil brindarles a todos el cuidado que necesitaban.
Aquella oración íntima representa la voz silenciosa de muchas mujeres de su época: creyentes y comprometidas con sus familias, pero conscientes del peso físico, emocional y económico que recaía sobre ellas.
La despedida que no pudo ocurrir
Entre los recuerdos más dolorosos de doña Eunice permanece el día de la muerte de su madre. Rubielito, su hermano menor, le gritó desde el filo de la carretera, en la parte alta de la casa de La Esmeralda, que su mamá estaba muy enferma. La carretera principal que conducía al pueblo atravesaba aquel sector de la finca.
Doña Eunice ya tenía sus propias responsabilidades familiares. Antes de salir, debía terminar de preparar el almuerzo para los trabajadores y organizar a sus hijos. Cuando finalmente pudo ir a buscar a su madre, ya no alcanzó a encontrarla con vida.
Doña Eunice recuerda ese momento con la tristeza serena de una mujer que durante gran parte de su vida aprendió a guardar sus emociones. Su relato conserva el dolor de no haber llegado a tiempo, pero también revela las enormes responsabilidades que condicionaban las decisiones cotidianas de las mujeres campesinas.
Tradiciones que sostienen y también interrogan
Hablar de la familia Castrillón–Quiceno es hablar de disciplina, fe, trabajo y unión. También es reconocer el dolor silencioso, la entrega constante y una profunda capacidad de tolerancia.
Las tradiciones sostuvieron a la familia durante los días difíciles. Le dieron orden a la vida, acompañaron las adversidades y alimentaron la esperanza de que, después de cada tormenta, siempre llegaría un nuevo amanecer.
Sin embargo, observarlas desde el presente también permite preguntarnos por aquellas esperanzas que durante años no tuvieron voz. Honrar el pasado no significa idealizarlo, sino reconocer tanto sus enseñanzas como sus dificultades.
La tradición puede entenderse como una sucesión de costumbres y creencias transmitidas entre generaciones. Pero su significado va mucho más allá: vive en cada padrenuestro que los descendientes rezan espontáneamente en momentos difíciles; en los sabores que regresan a la memoria; en la disciplina aprendida desde la infancia y en las prácticas que, aunque algunas veces se consideren antiguas, continúan realizándose con una alegría que solo comprende quien las lleva en el corazón.
“En mi casa todo era tradición”
Cuando se le pregunta cuál es la tradición familiar que recuerda con mayor fuerza de su infancia, doña Eunice responde:
“Todo en mi casa era tradición. La disciplina, el cumplimiento y la responsabilidad se vivían en conjunto como una norma. Era una tradición”.
Para ella, la vida familiar estaba sostenida por valores fundamentados en la religión. No se hablaba mal de la familia, se respetaba la manera de pensar de los demás y cada persona debía concentrarse en sus responsabilidades sin distraerse de sus deberes.
En su memoria, la tradición no es una práctica aislada. Es una manera completa de habitar el mundo.
Una herencia que alimenta a nuevas generaciones
organización, liderazgo, cumplimiento, manejo de responsabilidades y cuidado de una familia numerosa.
Al escucharla, una de sus hijas se pregunta si su manera de vivir no contiene, en realidad, algunas de las expresiones más elevadas de la gerencia y el liderazgo: administrar recursos limitados, coordinar actividades, responder por otras personas y mantener un propósito común incluso en medio de las dificultades.
Su testimonio deja entonces una pregunta abierta:
¿Será que la tradición es, en esencia, una manera sencilla y correcta de hacer las cosas, y que nos hemos perdido intentando complicarla en nombre de la modernidad?
Desde FDR – Finca Don Raúl preservamos estas historias porque en ellas habita la memoria de nuestras familias y de la cultura campesina. La vida de doña Eunice nos enseña que las tradiciones pueden alimentarnos, sostenernos y ayudarnos a reconocer de dónde venimos.
También nos invita a decidir, con respeto y conciencia, cuáles valores queremos conservar, cuáles prácticas debemos transformar y qué legado deseamos entregar a quienes vienen detrás.
Para reflexionar
¿Qué tradición de tu familia continúa acompañándote en los momentos importantes?
Recordar estas costumbres, conversar sobre ellas y transmitir su significado permite mantener viva la memoria de quienes construyeron el camino antes que nosotros.